ciempiésACORRALADO
Toda historia nace de unos dedos ligeros y una mente volante. Volante, diferente, divagante y consonante.Se puede escribir sin musa y coquetear con las sinapsis, en esferas alejadas de todo sonido.
Las ideas despegan con caballos de potencia que en su máxima aceleración relinchan orgásmicamente, para despertarte y que te des cuenta que es mejor soñar despierto.
Los ojos siempre han estado pegados, con millones de hilos invisibles, que trenzados en invisibles nudos, se escurren suaves hasta los sentimientos.
Pero siempre es ahí, donde fallan. No cuentan con el calor de los mismos, que derrite glaciares y congela desiertos.
Pequeños granitos de tiempo que ves mientras se escurren por las yemas de tus dedos. Pero nunca caen en vacío, la gravedad nos ampara y dibuja con ellos extrañas formas en las que perderse.
Y recorrerlas eternamente con las pestañas, subir por montes y bajar por lloreras. Y al querer darte cuenta de las semillas que perdiste solo encuentras campos floridos con sonrisas.
Flores edulcoradas que en líneas invisibles dibujan tu perfil con sus pétalos.
Campos de sol y playa.
Rocío y esferas que llaman al eco como sombra constante de su elasticidad.
Un pétalo se despierta. Poco a poco se desprende, bailotea trémulo en el aire y cuando parece que esta cayendo sin remedio:
Despega, coge carrerilla, vuela, salta y a retropropulsión sintética escala con la fuerza de la primera semilla montes por ver dioses.
Los dioses deben de estar muy solos, son tan pocos y tantos, que no se atreven a pestañear sin miedo.
Pero todos las historias siguen en otro momento, en la habitación de al lado. Cuando nosotros no estamos, el tiempo se paraliza y desvirtúa el espacio y el lugar. Donde antes era casa ahora es planeta y los colores tienen un extraño sabor a verano. Que nos aclara los ojos, nos dilata el iris y nos refleja imágenes en sepia que aletean deprisa para salpicarnos con su recuerdo. Y la arena sabe a infancia, a niñez y a castillos en el aire. Siempre que uno cae, suben 10 al cielo donde las princesas se cansan de ser rescatadas y limpiar castillos y pintan las paredes con pintura de dedos. Las bestias son estatuas y su sombra acuna crisálidas.
Los ciempiés acorralados no saben hilar historias y enredados en su propia inercia, desde un refugio de palpitos itinerantes ven caer fragmentos de azúcar, como una aspersión lucida que los derrote, pero a la espera de seguir …



